¿Hay algo más radicalmente innovador que la naturaleza?

¿Hay algo más radicalmente innovador que la naturaleza?

La nuestra es una sociedad que vive el presente proyectada permanentemente hacia el futuro. El mito de la modernidad, del progreso, de un mundo en definitiva mejor descansa sobre los pilares de la ciencia y la tecnología como garante de calidad de vida y prosperidad material.

Pero se hace cada vez más evidente que los humanos hemos cometido un error de cálculo fundamental: nuestro crecimiento desprecia el contexto, el entorno en el que vivimos y crecemos, convencidos de que todo lo que hemos sido capaces de idear y construir supera ampliamente las limitaciones del resto de seres vivos, carentes de nuestra inteligencia. La naturaleza es percibida como algo accesorio, ajeno, reconfortante para oxigenarse los fines de semana o como una fuente de recursos a nuestro servicio.

La realidad es que no hay nosotros y naturaleza. Este autoengaño está cayendo hoy por su propio peso, al darnos cuenta de que nos hemos comportado como si viviéramos en un sistema abierto, con recursos ilimitados, cuando resulta evidente que nuestro mundo es exactamente lo contrario.

ecosistema

Pensemos en sistemas, no en objetos

Un sistema es un conjunto de elementos independientes, completamente interrelacionados que conforman un todo unificado. La Tierra, los países, las ciudades, los barrios, las empresas, los equipos profesionales, son todos ellos sistemas con varios grados de complejidad.

Primer cambio de gafas: ponemos el foco en las relaciones entre sujetos, más que en los objetos.

¿Qué podemos aprender de la naturaleza en este sentido? Una regla de oro a tener muy en cuenta es que las especies sólo pueden sobrevivir si son capaces de dar respuesta a un problema, desplegando estrategias adaptativas, si esta encaja en el contexto (energía y recursos disponibles, condiciones ambientales, limitaciones físicas). Por muy brillante que sea su solución, si no se corresponde con los condicionantes locales, simplemente se vuelve insostenible y la especie acaba por desaparecer.

¿Cómo podemos trasladar este principio en nuestra actividad?

Rompiendo la separación artificial, la barrera mental que separa la vida de la tecnología.

La complejidad en la que vivimos inmersos entiende mucho mejor si “biologizamos” nuestros problemas y nuestros retos. La naturaleza nunca se plantearía que quiere construir una bombilla incandescente, pero sí necesita crear un sistema para iluminar (luminiscencia). Por tanto, no caigamos en la trampa de pensar en la función que queremos realizar sino más bien en la función a la que realmente hay que dar respuesta.

¿Por qué es tan eficiente la naturaleza?

Mirado con la perspectiva evolutiva de los 3.800 millones de años que hace que la vida existe en nuestro planeta, ésta ha tenido que desplegar una inteligencia formidable para superar retos en su empeño por seguir viva. Sus soluciones no sólo han tenido que ser eficientes y eficaces, sino como establecía Peter Drucker, también efectivas, es decir “hacer bien” las cosas y hacerlo de forma correcta. En este caso, significa encontrar la mejor relación entre los resultados obtenidos y los recursos empleados, creando las condiciones más propicias para la vida.

De lo contrario, cualquier derroche de energía o recursos se pagaría muy caro.

El hecho de que hayan desaparecido cerca del 99% de las especies que en algún momento han poblado el planeta nos da idea de la exigencia extrema de este proceso de selección natural en la que los más adaptables -y no los más poderosos- han conseguido sobrevivir y evolucionar.

Segundo cambio de gafas: “mira a fondo la naturaleza y lo entenderás mejor” nos recordaba Albert Einstein. Es aquí donde una nueva mirada a la naturaleza, más respetuosa pero también más realista, nos puede ayudar a encontrar soluciones insospechadas pensando en modelos bioinspirados.

Modelos naturales para la innovación

La mirada ecosistémica supone un cambio radical de perspectiva respecto a las redes colaborativas y aporta un nuevo contexto a la innovación abierta.

Cuando nos damos cuenta del impacto que puede generar un elemento aparentemente poco relevante en el conjunto del sistema, podemos calibrar mejor cuáles son los delicados equilibrios dinámicos que hay que mantener y potenciar.

Los ecosistemas son redes formadas por redes más pequeñas que comparten procesos de intercambio de información, energía, nutrientes y en el que las decisiones se toman de forma interconectada. Hablar de ecosistemas es hablar de conexiones. Así pues, los ecosistemas también son una fantástica fuente de inspiración para crear modelos económicos y de relación que quieran dar respuesta a necesidades colectivas.

Los sistemas naturales cambian constantemente, no dejan nunca de evolucionar. La vida no duda en experimentar: hace incontables “pruebas de concepto”, utilizando sólo la energía y los nutrientes indispensables, diseñando estructuras que capturen y reutilicen lo pequeño para convertirlo en algo grande. La naturaleza es la maestra de la escalabilidad.

Los sistemas productivos, en cambio, necesitan predictibilidad y cierta estandarización, por lo que son, generalmente, más resistentes a los cambios.

Por otra parte, podemos extraer también interesantes aprendizajes de la manera en cómo se utiliza la energía y los recursos materiales para hacer productos. Diseñamos para producir, usar y, luego, tirar, de manera lineal, mientras que la naturaleza lo hace de forma cíclica.

Aprendizajes biomiméticos

La Biomimética nos permite proyectar una nueva mirada para aprender de la naturaleza y encontrar soluciones a los retos que nos enfrentamos los humanos de forma sostenible y respetuosa con el resto de los seres con los que compartimos el planeta.

Observando específicamente los ecosistemas como un espacio en equilibrio dinámico, descubriremos elementos realmente inspiradores para la construcción de espacios de innovación abierta, de los que destacamos sólo dos aquí:

Cooperación versus competición

Desde una perspectiva de la teoría de juegos, la posibilidad de compartir el alimento con un congénere puede parecer un mal negocio y, efectivamente, es así… a corto plazo. La estrategia egoísta asegura nuestra supervivencia si no hay que volver a encontrarse nunca más con ese individuo, pero a medio y largo plazo, la estrategia cooperativa es claramente ventajosa para los dos. Dado nuestro carácter de individuos sociales, parece un buen argumento en favor de la colaboración.

Sin duda, cooperación y competición son necesarios para el mantenimiento de los equilibrios naturales, pero no es menos cierto, en palabras de Jordi Pigem,  “que es imprescindible un cierto predominio de la cooperación para que se den las condiciones que hagan posible la vida”.

Resilencia

Resiliencia

La resiliencia es, esencialmente, la capacidad de recuperarse frente a la adversidad y los cambios en el medio sin verse alterado de forma esencial y poder seguir desarrollándose en el futuro.

Este concepto está fuertemente vinculado a la diversidad y muy presente en los ecosistemas. La coexistencia de una gran variedad de especies, además de generar efectos beneficiosos para ellas (como, por ejemplo, determinadas relaciones simbióticas) protege al conjunto de los efectos destructores de una plaga o de un efecto climático. Cuenta pues, con una excesiva homogeneidad en los ecosistemas de relación o en los equipos de trabajo, podría restar capacidad de respuesta de la organización ante un cambio repentino en las condiciones ambientales de su entorno.

Ecosistemas de innovación bioinspirados

Trasladar estos conceptos a las organizaciones para generar espacios colaborativos es una muy buena manera de dar respuesta a necesidades humanas, como la de cooperar para innovar. Un buen ejemplo es Som-Inn Port, el nuevo ecosistema de innovación del Puerto de Tarragona, en el que cerca de una docena de stakeholders realizan un ejercicio de inteligencia colectiva para impulsar la creación de nuevos productos y servicios.

Durante el acto inaugural, celebrado el pasado junio, decidimos introducir la experiencia en esta visión ecosistémica sobre la diversidad desde una perspectiva biomimética. Los asistentes se convirtieron, durante un breve rato, en especies de una cadena trófica mediterránea como parte de una dinámica gamificada. Las gaviotas, doradas y crustáceos estuvieron luchando por su alimento y supervivencia en un ecosistema diverso en el que, a pesar de su dureza, les permitía sobrevivir como colonia. En contraposición, minutos más tarde se cambiaron las reglas del juego, reduciendo la diversidad con la que se podían alimentar y reduciendo drásticamente la presencia de fitoplancton, base de la cadena. Como era previsible, el sistema demostró su baja capacidad de respuesta ante un hecho adverso con tanto impacto, provocando la mortalidad de buena parte de los individuos.

De todas las formas de cooperación posibles entre especies, la simbiosis es la más enriquecedora y duradera de todas, dado que beneficia a ambas partes, a menudo de forma asimétrica. Este elemento (por sí solo, tema ya de otro artículo), nos proporciona una de las claves de la vida como caso de éxito. Tal como lo definió Lynn Margulis, gran científica descubridora de la simbiogénesis “la vida es una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a quienes se asocian”.

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Jordi Carrasco

Jordi Carrasco

Director del Biomimetics Sciences Institute. Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Especializado en la divulgación científica y tecnológica, ha sido director editorial del suplemento tecnológico de La Vanguardia, así como director de comunicación y miembro del equipo fundacional de Citilab, laboratorio de innovación ciudadana. Con posterioridad, ha sido director de Sangaku Education y la concept factory hèlix3C.
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